lunes, 6 de junio de 2016

Desde aquí.

El año pasado, cuando realizaba un recorrido en el Ávila tuve la oportunidad de conocer a James Capafho. Ese día yo había realizado un largo recorrido con un grupo de excursionistas, algunos decidieron bajar por Lagunazo y así llegar al teleférico, mientras que otros decidimos hacerlo por Sabas Nieves. Ese día yo, imprudentemente, decidí adelantarme al grupo, sabía que eran muy rápidos y en bajada no tardarían en alcanzarme, pero no fue así. Una persona venía lesionada y esto los retraso, mientras yo me iba aproximando a la parte boscosa, previa a “No te apures” y la tarde comenzaba a caer. En algún momento sentí miedo, imaginaba que alguien saldría de un matorral y me atacaría. Considere quedarme sentada en una piedra a esperar al resto del grupo, pero si estos por alguna razón habían cambiado de opinión y tomaron la otra ruta, si había ocurrido algún accidente y tardaban horas en pasar. Me quedaba al menos una hora de luz, así que decidí continuar. No tarde en escuchar unas voces, dos jóvenes más adelante iban conversando y se detenían un momento a tomar agua. Pensé, no me voy a salvar de que me atraquen. Trate de ir lento para no juntarme con ellos, mientras estos ni se enteraban que había alguien observándolos. A ese paso solo me quedaban tres opciones, detenerme por completo era una de ellas, pero eso ya estaba descartado. Las otras dos opciones eran, adelantarlos lo cual les daría ventaja y me pondría más nerviosa o acercarme a ellos. Pensé, tarde o temprano se darán cuenta de que estoy aquí, así que decidí acercarme un poco y escuchar su conversación. Creo que ninguno de los dos noto mi presencia hasta que intervine en la conversación.

Ese día tuve una de las conversaciones más placenteras que he tenido. James y su amigo regresaban de conocer el Pico Oriental, una de las cosas que él se había propuesto hacer antes de irse a vivir a otro País. Me conto que tenía una lista de cosas que se proponía realizar y que además deseaba hacerlo acompañado de sus amigos. La conversación tuvo varios matices, todos los que pueden surgir en aproximadamente dos o tres horas de camino. A qué nos dedicábamos, la Gran Sabana, El Ávila, literatura, cine, modos de vidas, fueron muchas cosas en esas horas. En algún punto les confesé mis pensamientos previos a unirme a ellos en el camino y todos reímos cuando les dije qué fue lo que finalmente me tranquilizo. Al inicio de la conversación, el amigo de  James voltio y sonrió, y al ver sus dientes con aparatos me sentí tranquila, pensé, no son atracadores. Mi razonamiento es completamente infundado, absurdo, loco, pero es una muestra de las cosas que pueden pasarnos por la cabeza cuando estamos asustados.

Esa fue la única vez que vi a estos jóvenes, pero esa experiencia me dejo marcada. Quede impresiona de cómo a pesar de su juventud eran interesados en la buena lectura y el buen cine, al punto de poder establecer una nutrida conversación con cualquier persona mucho mayor que ellos. Me impresiono también la determinación de James y la manera en que decidió asumir su despedida, lo que me recordó lo importante que es nuestra actitud ante las situaciones que vivimos. Ya bastante duro es tomar una decisión de esa magnitud, bastante complejo todo lo que la rodea, entonces por qué hacer más negativa aún esa experiencia. Seguramente no hay manera de ahorrarse el dolor, pero por qué dejar que este nos robe los momentos hermosos que aún podemos tener.

Hace poco fui invitada a participar en este blog y me pregunte en el por qué de la invitación. Yo aún estoy aquí y por lo pronto no está en mis planes moverme a otro País. Me di una vuelta por el blog, leí todas las publicaciones que hay hasta ahora y pensé, todos los venezolanos tenemos un escritor por dentro, o serán las emociones las que hacen que este salga a flote, luego recordé una reflexión que con frecuencia me viene a la mente: “se está marchando gente brillante”.

Es domingo, Salí a correr un rato y varias preguntas me rondan en la cabeza ¿qué puedo aportar? ¿Por qué me hacen esta invitación? ¿Qué está viendo él que yo no estoy viendo? Corro hacia la Av. Bolívar, voy por un lado de la Plaza Diego Ibarra, un poco más adelante, después del pasaje Zingg, en una esquina alta hay un viejo Hotel o tal vez hoy en día sea una pensión. Su arquitectura es simple, pero muy diferente a la de la zona, me deleito viéndolo y me prometo regresar a tomar una fotografía mientras continuo mi camino.  Disfruto tanto a Caracas, que muchos no lo pueden comprender. La camino, la corro, la escribo, la fotografío, la vivo… es algo que no sé explicar.

Hace unas semanas un amigo que vive en el interior me hizo una propuesta de trabajo fuera de la Ciudad. Ni siquiera la considere. No fui capaz de explicarle mis razones, explicarle por qué sí aceptaría trabajar fuera del País, pero no en otra Ciudad de Venezuela. Por más que pensé no pude, entonces el me dijo: Está bien, piensa en cuáles son las razones y cuando las tengas me las explicas, porque no puedo entender por qué quieres vivir en este caos.

Mi amigo es extranjero, vive en Venezuela desde hace más de veinte años y ha hecho de este País el suyo, pero nunca ha vivido en Caracas, siempre ha vivido en el interior. Tal vez por eso no me entienda, el problema es qué yo tampoco comprendo por qué quiero vivir en este caos y sobre todo cómo puedo lograrlo de la forma en que lo hago, pero esto último tal vez se me haga más fácil de explicar.

A mí me afectan los mismos males que al resto de los venezolanos, pero me he propuesto no dejarme arrastrar en la miseria de esos males. Las colas que hago, son las de la caja para pagar, continuo comprando en los mismos lugares en los que solía comprar y no les mentiré, el dinero me dura menos y la nevera cada vez está más vacía. Mis paranoias por la inseguridad siguen en aumento, en algunos momentos estas ganan terreno, pero cuando están a punto de sobrepasarme me sacudo, hago los cambios necesarios y retomo mi forma de vida. Me ambiento musicalmente el camino mientras ando en la calle, un audífono en una oreja y la otra queda libre. Me sumerjo en un libro mientras voy en el bus o en el Metro. Comparto con buenos amigos. Vivo la naturaleza, la fotografía y escribo. Cada cierto tiempo me camino Caracas de punta a punta. Los más allegados siempre me observan como si vivo en otro planeta y yo me siento como en un mundo paralelo, pero lejos de lo que muchos creen, mi perspectiva de la situación es quizás más realista y equilibrada que la de muchos, pero me niego a que esta me arrastre al fondo de una depresión; la anterior no es más que la forma que he encontrado para impedirlo.

Tratar de ver cosas buenas, positivas y bonitas no significa que cerramos los ojos a nuestra realidad, significa que no permitimos que esa realidad nos robe las cosas hermosas de la vida.

Fue así, como mientras corría hacia los Próceres, logre responder mis preguntas y darme cuente que sí hay cosas que puedo aportar a este lugar.

Nota: Este texto no pretende desestimar de ninguna manera las razones por las que muchas personas se han ido a vivir a otros países, especialmente porque en muchos de estos casos las razones son sumamente dolorosas. Por mi parte estas personas no tienen más que mi respeto, se requiere de mucho valor (guaramos) para tomar una decisión como esa y siento que se me parte el corazón cada vez que me entero de que alguien se va, sin importar que tanto conozca a la persona.

Natalí Robles

#DesdeAquí #JuntosSumamos




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