miércoles, 20 de abril de 2016

Maiquetía

"Ya sabes, ¡no te olvides de traerme lo que te pedí!". "Me llamas al llegar". "Nos vemos en un mes". "No llores vale". Esas frases tan comunes han ido siendo sustituidas por abrazos interminables en la puerta de inmigración, por silencios y llantos que gritan verdades como "No quiero que te vayas, pero es lo mejor". "Nos vemos pronto, haré lo posible para visitarte".


Y nunca falta la inocente pregunta infantil, ¿Cuándo vienes? ¿Vas a durar mucho allá? A lo que los adultos responden con un indulgente ¡Pronto, ya vas a ver! Cuando la verdad es que nadie sabe exactamente qué cantidad de días, meses o años tendrían que pasar para ver cara a cara a esa persona que nostálgica aprieta contra el pecho sus documentos antes de marcharse.

Complicidad, ojos aguarapados. ¿No se te quedó ningún papel? ¿Llevas los dólares bien guardados? Muchas maletas y pocas ganas de dejar a los seres queridos. Pocas palabras y demasiadas miradas, evasivas y quebrantadas, de padres que ven a sus hijos partir, de hermanos, amigos, primos que se deciden por desplazarse a otras tierras.

Múltiples son los destinos y uno sólo el anhelo: "surgir" en el amplio sentido de la palabra. Progresar profesional y académicamente, lo que para muchos sociólogos y expertos se convierte no sólo en una fuga de cerebros, sino en una tristeza muda que emana de las paredes de una Venezuela herida, que se desangra ante la partida de los hijos que vio nacer.

Porque nadie puede quitarte lo que tienes en la mente y en el corazón, ser mejores cada día y, hay lugares hostiles para dicho crecimiento. Especialmente para generaciones jóvenes que deciden echar raíces fuera, porque el oxígeno se ha vuelto irrespirable, el abono tóxico, el agua dañina.

Padres besando a sus hijos, poniéndole escapularios, echándole la bendición, apretando los labios y conteniendo las lágrimas abundan en cada esquina de Maiquetía.





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